SU ESPOSO CREYÓ QUE ELLA ESTABA DE VIAJE, PERO COMETIÓ UN GRAN ERROR

Clara cerró la maleta grande de color negro y soltó un largo suspiro. Habían sido unas semanas de mucho trabajo en la oficina y, finalmente, estaba lista para su viaje de negocios. Iba a pasar cinco días fuera del país, en una conferencia muy importante que podía cambiar el rumbo de su empresa. Pero, a pesar de la emoción por el viaje, había algo que no la dejaba estar completamente tranquila. Su madre, doña Elena, una mujer de setenta y cinco años que últimamente estaba muy frágil de salud, se iba a quedar en casa.
Doña Elena había sido una madre maravillosa. Trabajó limpiando casas toda su vida para que Clara pudiera estudiar y convertirse en la mujer exitosa que era hoy. Ahora que Clara tenía una inmensa y lujosa casa en una de las mejores zonas de la ciudad, lo mínimo que podía hacer era cuidar de su madre. Por eso, le había preparado una habitación hermosa en la planta baja, para que no tuviera que subir escaleras, y se aseguraba de que no le faltara absolutamente nada.
Mientras Clara terminaba de guardar sus cosas, su esposo, Roberto, entró en la habitación. Roberto era un hombre muy guapo, siempre bien vestido y con una sonrisa que parecía perfecta. Llevaban casados cinco años y, frente a los demás, él siempre se mostraba como el marido ideal.
—Mi amor, ¿ya estás lista? El taxi está a punto de llegar —dijo Roberto, acercándose para darle un abrazo.
—Casi lista —respondió Clara, mirándolo con un poco de preocupación—. Roberto, de verdad te pido que cuides mucho a mi mamá. Sabes que estos días ha estado con mucho dolor en las piernas y casi no puede caminar sola. El médico dijo que necesita descanso y que no debe pasar frío.
Roberto sonrió, esa sonrisa encantadora que siempre usaba para tranquilizarla, y le acarició el cabello.
—Clara, mi vida, no tienes de qué preocuparte. Sabes que yo quiero a tu madre como si fuera la mía. La voy a cuidar perfectamente. Le prepararé su té, la ayudaré con sus medicinas y nos haremos compañía. Vete tranquila, concéntrate en tu viaje de negocios y cuando regreses, la encontrarás mejor que nunca.
Clara sonrió, sintiendo un gran alivio. Qué suerte tenía de tener a un hombre tan comprensivo a su lado. No cualquier esposo aceptaba vivir con su suegra y, mucho menos, quedarse cuidándola durante cinco días.
Bajaron juntos al primer piso. Doña Elena estaba sentada en su sillón favorito, viendo la televisión. Tenía una manta de lana sobre las piernas y se veía muy pequeña y frágil. Clara se acercó a ella y le dio un beso en la frente.
—Mamá, ya me voy. Prométeme que te vas a portar bien y que le vas a hacer caso a Roberto. Él se va a encargar de todo. Vuelvo en cinco días, te voy a llamar todas las noches.
Doña Elena miró a su hija con una expresión un poco triste. Nunca le había gustado mucho quedarse a solas con Roberto. Aunque el hombre nunca le había faltado al respeto frente a Clara, doña Elena sentía que había algo oscuro en su mirada cuando su hija no estaba presente. Pero, como no quería preocupar a Clara justo antes de un viaje tan importante, decidió guardar silencio y simplemente asintió.
—Ve con Dios, mi niña. Que te vaya muy bien en tu trabajo. No te preocupes por mí, yo estaré bien —dijo la anciana con voz temblorosa.
El sonido del claxon del taxi se escuchó afuera de la casa. Roberto tomó la maleta de Clara y la acompañó hasta la puerta. Se dieron un último beso, él le deseó un buen viaje y Clara subió al coche. Mientras el taxi se alejaba, Clara miró por la ventana y vio a su esposo despidiéndose con la mano, pareciendo el hombre más bueno del mundo.
Pero, apenas el taxi desapareció al final de la calle, la sonrisa de Roberto se borró por completo. Su rostro cambió. La expresión amable y dulce fue reemplazada por una mirada llena de odio y molestia. Cerró la puerta principal con fuerza y caminó hacia la sala de estar, donde doña Elena seguía sentada.
La anciana lo miró y sintió un escalofrío. Instintivamente, se abrazó más fuerte a su manta de lana.
—Bueno, vieja inútil —dijo Roberto, con una voz fría y cruel que Clara jamás había escuchado—. Tu hija ya se fue. Así que las reglas de esta casa acaban de cambiar.
Doña Elena lo miró con los ojos muy abiertos, asustada.
—¿Qué dices, Roberto? ¿Por qué me hablas así?
—Te hablo así porque estoy harto de ti —respondió él, acercándose al sillón con los brazos cruzados—. Estoy harto de tener que fingir que me importas. Estoy harto de que mi esposa gaste nuestro dinero en tus medicinas, en tus médicos, en tu comida especial. Esta es mi casa, y no voy a pasar mis días libres cuidando a una anciana que ni siquiera puede caminar al baño sola.
—Esta es la casa de mi hija… —murmuró doña Elena, con lágrimas empezando a asomar en sus ojos.
—¡Es mi casa también! —gritó Roberto, asustándola aún más—. Y durante estos cinco días, voy a invitar a mis amigos, voy a hacer fiestas y voy a hacer lo que me dé la gana. Y tú no vas a estar aquí para molestarme ni para arruinarme el ambiente.
Antes de que doña Elena pudiera decir una sola palabra, Roberto la tomó del brazo con fuerza. La anciana soltó un quejido de dolor.
—¡Suéltame, me estás lastimando! —suplicó ella.
—Levántate. Vamos a dar un paseo —ordenó él, sin mostrar ninguna piedad.
La obligó a ponerse de pie. Doña Elena apenas llevaba puesto un delgado camisón de algodón, ya que dentro de la casa siempre hacía una temperatura agradable. Dejó caer su manta en el sillón mientras Roberto la arrastraba por el pasillo. La pobre mujer no tenía fuerzas para resistirse. Sus piernas le temblaban y las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas.
Roberto la llevó hasta la puerta que daba al sótano. Era una puerta que casi nunca abrían. El sótano de esa inmensa casa era un lugar húmedo, oscuro y con paredes de piedra. No tenía calefacción y siempre hacía un frío terrible allí abajo, incluso en los días más calurosos. Solo lo usaban para guardar cajas viejas y muebles rotos.
Abrió la puerta y encendió la única luz débil que colgaba del techo. Las escaleras de madera crujieron cuando Roberto comenzó a bajar, obligando a doña Elena a ir con él.
—¡No, por favor, Roberto! ¡Ahí abajo hace mucho frío! ¡Me voy a enfermar! —lloraba doña Elena, intentando frenar sus pasos, pero el hombre era demasiado fuerte.
—Ese es tu problema, no el mío. Aquí abajo no vas a molestar a nadie. Te voy a dejar un poco de agua y pan más tarde. Si tienes suerte, no te congelarás antes de que tu hija vuelva. Y si te mueres, le diremos que fue un ataque al corazón mientras dormías. Total, ya estás vieja.
Llegaron al fondo del sótano. El suelo era de cemento helado. Roberto la empujó sin cuidado y doña Elena cayó al suelo, golpeándose levemente las rodillas. El frío del lugar penetró inmediatamente en sus huesos a través del delgado camisón.
—¡Roberto, por Dios, te lo suplico! ¡No me dejes aquí! ¡Me voy a morir de frío! —gritaba la anciana, juntando las manos en señal de ruego, llorando desesperadamente—. ¡Te prometo que no haré ruido, me quedaré en mi cuarto, pero no me dejes aquí en la oscuridad!
Roberto simplemente la miró con asco, soltó una carcajada burlona y dio media vuelta. Comenzó a subir las escaleras rápidamente.
—¡Calladita te ves más bonita, suegrita! —le gritó desde arriba.
Salió del sótano, cerró la pesada puerta de madera y, con una sonrisa malvada, giró la llave en la cerradura. Doña Elena estaba encerrada.
Roberto guardó la llave en el bolsillo de su pantalón. Se sintió el rey del mundo. Por fin tenía la casa inmensa solo para él. Caminó hacia la cocina, sacó una cerveza de la nevera, encendió la música a todo volumen y se tiró en el sofá de la sala. Planeaba llamar a sus amigos más tarde para organizar una gran fiesta.
Mientras tanto, en el sótano, doña Elena lloraba desconsolada. El frío era insoportable. Se hizo un ovillo en el suelo de cemento, abrazándose a sí misma para intentar mantener algo de calor corporal. Todo estaba oscuro, sucio y helado. Pensó en su hija. Clara no tenía idea del monstruo con el que se había casado. Doña Elena rezó, pidiéndole a Dios que le diera fuerzas para sobrevivir esos cinco días, aunque en su corazón sentía que no lo lograría.
A varios kilómetros de allí, el taxi de Clara avanzaba por la autopista hacia el aeropuerto. El tráfico estaba bastante pesado. Clara miraba por la ventana, pensando en la presentación que tenía que hacer al día siguiente.
De repente, una sensación de alarma la invadió. Abrió su bolso de mano para revisar sus documentos, una costumbre que siempre tenía antes de viajar. Sacó su billetera, su teléfono, el pasaje de avión… pero no encontró su pasaporte.
Su corazón dio un salto. Revisó todos los compartimentos del bolso. Nada. Abrió su maletín de trabajo. Nada.
—¡No puede ser! —exclamó Clara, poniéndose nerviosa.
—¿Pasa algo malo, señora? —preguntó el conductor del taxi mirando por el espejo retrovisor.
—No encuentro mi pasaporte. Estoy segura de que lo dejé sobre la mesa de noche en mi habitación. Qué tontería he hecho.
Clara miró su reloj. Todavía faltaban cuatro horas para su vuelo. Si regresaba ahora mismo, tendría tiempo de sobra para buscar el pasaporte y volver al aeropuerto.
—Señor, por favor, dé la vuelta en la próxima salida. Tenemos que regresar a mi casa. Olvidé un documento muy importante —le indicó al chofer.
El conductor asintió, tomó la siguiente salida y cambió de dirección. Clara suspiró, un poco molesta consigo misma por el descuido, pero al mismo tiempo agradecida de haberse dado cuenta a tiempo. Sacó su teléfono para llamar a Roberto y avisarle que iba de regreso, pero luego pensó que no valía la pena molestarlo. Simplemente entraría, tomaría el pasaporte y se iría de nuevo.
Media hora después, el taxi se detuvo frente a su lujosa casa.
—Espéreme aquí, por favor, no tardo ni cinco minutos —le dijo Clara al taxista.
Se bajó del coche y caminó hacia la puerta principal. Como tenía sus propias llaves, no tocó el timbre. Introdujo la llave en la cerradura, giró y abrió la puerta en silencio.
Al entrar, lo primero que notó fue que la música estaba encendida a un volumen muy alto. Le pareció extraño, ya que a su madre le molestaban los ruidos fuertes. Caminó hacia la sala de estar y se encontró con una escena inesperada.
Roberto estaba tirado en el sofá, con los zapatos puestos sobre la mesa de centro, bebiendo una cerveza y hablando por teléfono a carcajadas.
—Sí, hermano, la idiota de mi esposa ya se fue —decía Roberto por el teléfono, sin darse cuenta de que Clara estaba parada a pocos metros de él—. Sí, tengo la casa sola toda la semana. Ya encerré a la vieja en el sótano para que no moleste. Traigan las bebidas y a las muchachas, que esta noche hay fiesta grande en mi casa.
Clara sintió que el mundo se detenía. No podía creer lo que acababan de escuchar sus oídos. ¿La idiota de su esposa? ¿Encerró a la vieja en el sótano?
La sangre le hirvió en las venas. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que se le iba a salir del pecho. Dio un paso al frente y aclaró su garganta.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Clara, con una voz fría y firme.
Roberto dio un salto en el sofá, dejando caer la botella de cerveza al suelo, que se rompió en pedazos. El teléfono se le resbaló de las manos. Al ver a Clara parada allí, su rostro perdió todo el color. Se puso más pálido que un papel y empezó a sudar frío de inmediato.
—¡C-Clara! —tartamudeó, levantándose de un salto, temblando—. ¿Qué… qué haces aquí? ¿No deberías estar en tu vuelo?
—Olvidé mi pasaporte —respondió ella, sin apartar la vista de los ojos asustados de su esposo—. Te hice una pregunta, Roberto. ¿Qué acabas de decir por teléfono?
—N-nada, mi amor, nada. Era una broma. Estaba hablando con Carlos y le estaba haciendo una broma. Ya sabes cómo somos los hombres —intentó sonreír, pero su sonrisa parecía más una mueca de terror.
Clara no era estúpida. Había escuchado perfectamente. Miró a su alrededor y notó que el sillón de su madre estaba vacío. La manta de lana de doña Elena estaba tirada de cualquier forma, como si hubiera sido abandonada con prisa.
—¿Dónde está mi madre, Roberto? —preguntó Clara, dando un paso amenazador hacia él.
—Ella… ella salió —mintió Roberto, pasándose una mano por la frente sudorosa. Su mano derecha estaba metida en el bolsillo del pantalón, aferrando la llave del sótano con desesperación—. Sí, quiso ir a dar un paseo. Le dije que no fuera, pero ya sabes lo terca que es. Salió a caminar al parque.
—¿Salió a caminar? —Clara levantó una ceja—. Mi madre apenas puede dar diez pasos seguidos sin que le duelan las rodillas. Además, afuera está a punto de llover y su abrigo está colgado justo ahí en la entrada. No me mientas, Roberto. ¿Dónde está mi madre?
—¡Te digo la verdad! —gritó él, intentando hacerse el ofendido, aunque el sudor le bajaba por el rostro—. ¡Eres una desconfiada! Yo la estaba cuidando…
En ese preciso momento, en medio del silencio que siguió al grito de Roberto, Clara agudizó el oído. A pesar de que la música ya estaba apagada, escuchó un sonido extraño. Era muy débil, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Parecía alguien llorando. Y el sonido venía desde el pasillo del fondo. Desde la puerta del sótano.
Clara miró a Roberto a los ojos. El hombre tragó saliva y retrocedió un paso, tapando instintivamente el camino hacia el pasillo.
—Quítate de mi camino —ordenó Clara, con una voz que daba miedo.
—Clara, por favor, estás imaginando cosas. Vamos arriba, búscate el pasaporte y te llevo yo mismo al aeropuerto —intentó detenerla, poniendo sus manos sobre los hombros de ella.
Pero Clara estaba llena de rabia. Lo empujó con todas sus fuerzas. Roberto, sorprendido por la fuerza de su esposa, tropezó y cayó al suelo. Clara corrió por el pasillo hasta llegar a la vieja puerta de madera del sótano. Pegó la oreja a la madera.
—¿Mamá? —gritó, golpeando la puerta.
Desde abajo, se escuchó un lamento ahogado, una voz débil y temblorosa que apenas tenía fuerzas.
—¡Clara! ¡Clara, sácame de aquí, por favor! ¡Tengo mucho frío!
Era la voz de su madre. Clara sintió que el alma se le caía a los pies. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave. Giró sobre sus talones y vio a Roberto, que apenas se estaba levantando del suelo.
—¡Dame la llave! —le gritó Clara, con los ojos llenos de lágrimas de pura rabia.
—Clara, mi amor, te lo puedo explicar. Fue un accidente. Ella bajó sola y la puerta se cerró por culpa del viento… —intentaba mentir de nuevo, lloriqueando como un cobarde.
—¡Que me des la maldita llave! —gritó Clara con tanta furia que la casa entera pareció retumbar.
Roberto, temblando de miedo, sacó la llave de su bolsillo y se la entregó. Clara abrió la puerta y corrió escaleras abajo. Al llegar al fondo, la escena que vio le rompió el corazón en mil pedazos.
Su madre estaba en el suelo de cemento, hecha un ovillo, temblando sin control en su delgado camisón. Sus labios estaban morados por el frío y lloraba en silencio. Clara corrió hacia ella, se quitó su propio abrigo de viaje y se lo puso a la anciana, abrazándola con fuerza para darle calor.
—Mamá, mamita linda, perdóname. Perdóname por dejarte con este monstruo —lloraba Clara, acariciando el rostro helado de su madre.
—Hija… pensé que me iba a morir aquí sola —sollozó doña Elena, aferrándose al cuello de su hija.
Con mucho cuidado, Clara ayudó a su madre a ponerse de pie. La cargó casi todo el camino por las escaleras. Cuando finalmente llegaron a la sala de estar, sentó a doña Elena en el sillón y la cubrió con varias mantas gruesas que trajo de la habitación.
Roberto estaba parado en una esquina, pálido, sin saber qué hacer. Intentaba poner cara de arrepentimiento.
—Clara, escúchame. Yo no quería hacerlo. Fue un momento de desesperación. Tu madre me saca de mis casillas, siempre está molestando. Yo necesito mi espacio, esta también es mi casa… —empezó a balbucear, intentando justificarse.
Clara se levantó, caminó lentamente hacia él y, sin decir una palabra, levantó la mano y le dio una bofetada con todas sus fuerzas. El sonido fue tan fuerte que hizo eco en la gran casa. Roberto se llevó la mano a la mejilla, mirándola sorprendido.
—No vuelvas a abrir la boca para hablar de mi madre —dijo Clara, con una tranquilidad que daba más miedo que sus gritos de antes—. Tú no eres más que un aprovechado, un mantenido y un miserable cobarde. ¿Te atreves a torturar a una anciana indefensa y luego vienes a decirme que esta es tu casa?
—Clara, somos esposos. Lo que es tuyo es mío… —intentó decir él, retrocediendo asustado.
—Te equivocas —lo interrumpió Clara—. Esta casa la compré yo antes de casarnos. El dinero de la cuenta es mío. La empresa es mía. Tú nunca has puesto un solo centavo en esta familia. Te di una vida de lujo porque creí que eras un buen hombre. Pero hoy mismo se acabó todo.
—¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes echarme a la calle! —gritó Roberto, perdiendo los papeles y mostrando su verdadera cara interesada.
—Acabo de hacerlo —respondió Clara, sacando su teléfono—. Y ahora mismo voy a llamar a la policía para denunciarte por maltrato a una persona mayor y privación de libertad. Si no quieres que los oficiales te saquen esposado frente a todos los vecinos, te sugiero que subas, empaques tus cosas en diez minutos y te largues de mi casa y de mi vida para siempre.
Roberto quiso protestar, quiso insultarla, pero al ver a Clara marcando el número de la policía, supo que había perdido. El miedo a terminar en la cárcel fue mayor que su orgullo. Subió corriendo las escaleras. En menos de diez minutos, bajó con una pequeña maleta, la misma con la que había llegado a la vida de Clara cinco años atrás.
Se detuvo en la puerta, esperando que ella cambiara de opinión, esperando que la mujer buena y comprensiva lo perdonara. Pero Clara no lo miró. Estaba abrazando a su madre, dándole una taza de té caliente.
—Largo de aquí —dijo Clara sin siquiera voltear.
Roberto abrió la puerta y salió a la calle, bajo la lluvia que acababa de empezar a caer. Caminó sin rumbo, sabiendo que había perdido la vida de rey que tanto le gustaba, y todo por su propia crueldad.
Esa misma tarde, Clara canceló su viaje de negocios. Entendió que ninguna empresa era más importante que la seguridad de su familia. Los abogados se encargaron del divorcio rápidamente, dejando a Roberto en la calle y sin un solo centavo, trabajando como mesero en un restaurante barato para poder sobrevivir.
Clara y doña Elena se quedaron en la gran casa, pero esta vez, el ambiente no se sentía frío. Habían expulsado a la persona tóxica que envenenaba sus vidas. Clara aprendió una gran lección: nunca terminas de conocer realmente a las personas, pero cuando te muestran quiénes son de verdad, debes creerles la primera vez. Ahora, vivían tranquilas, felices y, sobre todo, en paz.
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