Madrastra cruel encerró a su hijastra en el sótano, pero no esperaba que él entrara por la fuerza.

Publicado por vielkajose el

Don Ernesto cerró su gran maleta negra y soltó un largo suspiro. Miró su enorme y lujosa habitación por última vez antes de bajar las escaleras. Iba a ser un viaje muy largo y difícil. Su empresa acababa de firmar el contrato más importante de su vida en el extranjero, y tendría que irse de viaje de negocios durante dos años enteros. Era mucho tiempo lejos de su casa, pero sabía que todo ese esfuerzo y sacrificio aseguraría para siempre el futuro de la persona que más amaba en el mundo: su única hija, Jazmín.

Cuando bajó a la sala principal de la inmensa mansión, Jazmín lo estaba esperando. Era una joven de veinte años, de buen corazón, humilde y muy hermosa. Tenía los ojos llenos de lágrimas porque no quería separarse de su padre. Desde que la madre de Jazmín había fallecido muchos años atrás, Ernesto y ella habían sido inseparables.

—Papá, por favor, cuídate mucho. Te voy a extrañar todos los días —dijo Jazmín, abrazándolo con todas sus fuerzas.

—Yo también te voy a extrañar, mi niña hermosa —respondió Ernesto, dándole un beso en la frente—. El tiempo va a pasar volando, te lo prometo. Además, no te vas a quedar sola. Tienes una familia que te va a cuidar.

En ese momento, apareció Raquel, la nueva esposa de Ernesto, bajando por la escalera. Raquel era una mujer muy atractiva, siempre vestida con ropa de marca y joyas caras. Detrás de ella venían sus dos hijas, Sofía y Paola, que eran igual de presumidas y superficiales que su madre. Ernesto se había casado con Raquel hacía apenas un año, creyendo que era una mujer buena y cariñosa. Estaba completamente ciego de amor y no se daba cuenta de la verdadera cara de esa mujer. Jazmín, en cambio, nunca confió en ella. Sabía que Raquel solo estaba interesada en la enorme fortuna de su padre, pero nunca dijo nada para no arruinar la felicidad de Ernesto.

—Mi amor, no te preocupes por nada —dijo Raquel, acercándose a Ernesto con una sonrisa dulce y falsa—. Yo me voy a encargar de cuidar esta casa y de proteger a tu preciosa hija como si fuera mi propia sangre. Vete tranquilo, mi vida. Aquí todo estará perfecto.

Ernesto sonrió, confiando plenamente en las mentiras de su esposa. Se despidió de las hijas de Raquel, le dio un último abrazo a Jazmín y salió por la puerta principal. Un chofer lo estaba esperando para llevarlo al aeropuerto.

Jazmín, Raquel, Sofía y Paola se quedaron paradas en la puerta, viendo cómo el auto lujoso se alejaba lentamente por el camino de entrada hasta desaparecer al final de la calle.

Y en el instante exacto en que el auto de Ernesto desapareció de su vista, el ambiente en la mansión cambió por completo.

La dulce sonrisa de Raquel se borró de su rostro. Sus ojos se volvieron fríos y calculadores. Se dio la vuelta lentamente, cruzó los brazos y miró a Jazmín de arriba a abajo con una expresión de puro asco.

—Bueno, por fin se fue el viejo —dijo Raquel, con una voz dura y llena de veneno que Jazmín nunca le había escuchado.

Jazmín se quedó sorprendida y dio un paso hacia atrás.

—¿De qué hablas, Raquel? ¿Por qué le dices así a mi papá? —preguntó la joven, sintiendo que un nudo se le formaba en el estómago.

—Hablo de que ya no tengo que seguir fingiendo que me importas, niñita estúpida —respondió la madrastra, acercándose a ella con una mirada amenazante—. Durante todo un año he tenido que soportar tus caras y tus caprichos para sacarle dinero a tu padre. Pero ahora él se largó por dos años. Y mientras él no esté, la dueña absoluta de esta mansión y de todo el dinero de la familia, soy yo.

Sofía y Paola, las hermanastras, soltaron una carcajada burlona y se pararon al lado de su madre, mirando a Jazmín como si fuera basura.

—No te atrevas a hablar así en mi propia casa —dijo Jazmín, intentando mostrarse valiente, aunque por dentro estaba temblando—. Esta casa es de mi padre y algún día será mía. Si intentas hacer algo malo, lo voy a llamar ahora mismo para decirle que regrese.

Jazmín metió la mano en su bolsillo y sacó su teléfono celular para marcar el número de su padre. Pero antes de que pudiera presionar la pantalla, Paola, la hermanastra mayor, se lanzó sobre ella y le arrebató el teléfono de las manos con violencia.

—¡Dámelo! —gritó Paola, tirando el teléfono al suelo y pisándolo con su zapato de tacón hasta romper la pantalla en mil pedazos—. Tú no vas a llamar a nadie, mosquita muerta.

—¡¿Qué les pasa?! ¡Están locas! —gritó Jazmín, asustada, intentando correr hacia la puerta principal para pedir ayuda.

Pero Raquel fue más rápida. Agarró a Jazmín por el cabello con mucha fuerza, haciéndola gritar de dolor, y la tiró al suelo sin ninguna piedad.

—¡Agarrenla fuerte por los brazos! —le ordenó Raquel a sus hijas.

Sofía y Paola obedecieron de inmediato. Agarraron a Jazmín, que forcejeaba y lloraba desesperadamente, y comenzaron a arrastrarla por el largo pasillo de la mansión.

—¡Suéltenme! ¡Por favor, me están lastimando! ¡Ayuda! —gritaba Jazmín con todas sus fuerzas, pero la mansión era tan grande y estaba tan aislada que nadie podía escucharla. Raquel ya se había encargado de darle el día libre a todos los empleados de la casa para que no hubiera testigos.

Arrastraron a la joven hasta llegar a una pesada puerta de madera al final de la cocina. Era la puerta del sótano. Un lugar que casi nunca se abría, oscuro, húmedo y lleno de polvo. Raquel abrió la puerta, encendió la única luz débil que había en las escaleras y miró hacia abajo con una sonrisa de pura maldad.

—Tú eres la verdadera heredera, ¿verdad? —le dijo Raquel a Jazmín, agarrándola por la barbilla—. Pues veamos de qué te sirve tu herencia allá abajo.

Sin importarle los ruegos de la joven, Raquel la empujó por las escaleras. Jazmín rodó un par de escalones, golpeándose las rodillas y los codos, hasta caer en el suelo de tierra fría del sótano. Se levantó rápidamente, cubierta de polvo, y miró hacia arriba, llorando a mares.

—¡Raquel, por favor, no me dejes aquí! ¡Aquí no hay luz, hace mucho frío! ¡Te lo ruego, no me hagas esto! —suplicaba Jazmín, juntando las manos.

—Te vas a quedar ahí abajo pudriéndote en la oscuridad, rodeada de ratas y comiendo sobras, mientras mis hijas y yo despilfarramos toda la fortuna de tu querido papito —dijo Raquel, riéndose a carcajadas—. Y si no te mueres de hambre antes de que él regrese, ya inventaremos alguna historia diciendo que te volviste loca y te escapaste. Adiós, princesita.

Raquel cerró la pesada puerta de madera de un golpe y echó llave por fuera. El sonido del cerrojo hizo eco en toda la cocina. Jazmín se quedó completamente sola, a oscuras, atrapada en una prisión subterránea dentro de su propia casa.

Los días comenzaron a pasar y se convirtieron en semanas. La vida de Jazmín en el sótano era un verdadero infierno. El lugar era helado y olía a humedad. Su ropa bonita se ensució de tierra y barro. Raquel solo abría un pequeño hueco en la puerta una vez al día para tirarle un pedazo de pan duro y una botella de agua tibia, tratándola peor que a un animal callejero. Jazmín lloraba todas las noches, sintiendo que poco a poco perdía las fuerzas. Estaba pálida, delgada y completamente desnutrida. Sentía que iba a morir enterrada viva.

Mientras tanto, en la parte de arriba de la mansión, la situación era completamente diferente. Raquel, Sofía y Paola estaban viviendo la vida de sus sueños. Contrataron nuevo personal que no conocía a Jazmín y les prohibieron acercarse a la puerta del sótano. Las tres mujeres se dedicaron a gastar el dinero de Ernesto sin control. Compraban ropa de diseñador todos los días, zapatos carísimos, bolsos de miles de dólares y joyas extravagantes. Por las noches, organizaban fiestas gigantescas en la casa, bebiendo champán y burlándose de la pobre joven que sufría bajo sus pies. Se sentían dueñas del mundo, creyendo que su plan perfecto jamás sería descubierto.

Sin embargo, había alguien que no se iba a quedar de brazos cruzados.

Mateo era un joven arquitecto, trabajador, humilde y de muy buenos sentimientos. Él y Jazmín se conocían desde hacía un año y estaban profundamente enamorados. Mateo no tenía el dinero de la familia de Jazmín, pero a ella eso jamás le importó. Él la amaba por su corazón, no por su cuenta bancaria.

Mateo estaba muy preocupado. Llevaba casi un mes sin saber absolutamente nada de Jazmín. Ella había dejado de responder sus mensajes de texto y sus llamadas iban directamente al buzón de voz. Sabía que el padre de Jazmín se había ido de viaje, pero era imposible que ella se desapareciera de esa manera sin siquiera despedirse de él. Jazmín no era el tipo de persona que dejaba de hablarle a la gente sin motivo.

Desesperado y sintiendo que algo andaba muy mal, Mateo decidió ir personalmente a la inmensa mansión.

Cuando llegó y tocó el timbre de la gran puerta principal, Raquel fue quien abrió. Llevaba puesto un vestido de seda y sostenía una copa de vino. Al ver a Mateo, su expresión se volvió de total fastidio.

—¿Qué quieres, muchacho? —preguntó Raquel, mirándolo de arriba a abajo con desprecio.

—Buenas tardes, señora Raquel. Estoy buscando a Jazmín. Llevo semanas intentando comunicarme con ella y estoy muy preocupado. ¿Se encuentra bien? —preguntó Mateo, siendo muy educado.

Raquel soltó una risa seca y rodó los ojos.

—Ay, por favor, Mateo. ¿En serio creíste que una niña rica como Jazmín iba a tomarte en serio? —le dijo la madrastra con un tono venenoso—. Jazmín se cansó de ti. Apenas su padre se fue de viaje, ella empacó sus maletas y se fue a Europa con unas amigas a gastar dinero y a buscarse un hombre de su misma clase social. Me dejó encargado decirte que no la vuelvas a buscar.

Mateo frunció el ceño. Conocía a Jazmín perfectamente y sabía que esa historia era una completa mentira. Jazmín odiaba gastar dinero innecesariamente y jamás le rompería el corazón de esa manera. Pero decidió no discutir con la mujer en ese momento.

—Entiendo. Muchas gracias por la información, señora —dijo Mateo, dando media vuelta para irse.

Mientras caminaba hacia la salida del jardín, algo llamó poderosamente su atención. Una de las hermanastras, Sofía, venía caminando hacia la casa. Mateo se detuvo en seco al mirar la muñeca de la joven. Sofía llevaba puesta una pulsera de oro con un pequeño dije en forma de girasol.

Mateo sintió un escalofrío en la espalda. Él mismo le había regalado esa pulsera a Jazmín por su cumpleaños. Jazmín le había prometido llorando de emoción que jamás en la vida se la iba a quitar. Ver esa pulsera en la muñeca de Sofía fue la prueba definitiva que Mateo necesitaba. Jazmín no estaba en Europa. Algo oscuro y terrible estaba pasando en esa casa, y él iba a descubrirlo costara lo que costara.

En lugar de regresar a su casa, Mateo fue directamente a la oficina de su trabajo y buscó en sus correos electrónicos. Recordó que una vez Jazmín le había dado la tarjeta de presentación del abogado principal de las empresas de su padre. Mateo llamó al abogado de inmediato, le explicó todas sus sospechas y le pidió que intentara contactar a Don Ernesto de emergencia en el extranjero. No sabía si el abogado le creería, pero tenía que intentarlo.

Sin embargo, Mateo no podía esperar días a que Don Ernesto regresara. Sentía en su corazón que Jazmín estaba en peligro inminente. Así que, esa misma noche, bajo una fuerte tormenta que azotaba la ciudad, Mateo decidió regresar a la mansión.

Estacionó su auto lejos para que no lo vieran. Aprovechando el ruido de la lluvia y los truenos, saltó el muro del gran jardín trasero. Sabía que las puertas de cristal de la cocina a veces no cerraban bien. Se acercó con cuidado, logró abrir la puerta y se coló dentro de la casa en completo silencio.

La mansión estaba a oscuras. Mateo caminó por la cocina intentando no hacer ruido. Estaba buscando las escaleras para subir a las habitaciones, cuando de repente escuchó una voz que venía desde el fondo del pasillo. Era Sofía, hablando por teléfono.

—Sí, amiga, la fiesta de mañana va a ser increíble. Mi mamá compró cajas de champán carísimo —decía Sofía, riéndose sin importarle nada.

Mateo se escondió detrás de un mueble grande. Vio que Sofía estaba parada justo enfrente de una vieja puerta de madera. Y en ese preciso momento, durante un segundo de silencio entre la lluvia y la conversación de Sofía, Mateo escuchó un sonido que le heló la sangre.

Era un lamento muy débil, casi como un susurro apagado, que venía desde el otro lado de esa puerta. Era el llanto de una mujer.

Mateo no lo pensó dos veces. Salió de su escondite y caminó rápidamente hacia Sofía.

La hermanastra se dio cuenta de su presencia, soltó un grito de sorpresa y dejó caer su teléfono.

—¡¿Tú qué demonios haces aquí adentro?! ¡Estás loco, voy a llamar a la policía! —gritó Sofía, poniéndose pálida de miedo al ver a Mateo con la ropa empapada por la lluvia y la mirada llena de furia.

—¿Dónde está Jazmín? —exigió saber Mateo, acercándose a ella con los puños cerrados.

—¡Ya te dijimos que está en Europa! ¡Lárgate de mi casa, muerto de hambre! —gritó Sofía, intentando empujarlo para bloquear la puerta de madera.

Desde abajo, el llanto débil se escuchó de nuevo. Mateo reconoció la voz de inmediato. Era su amada Jazmín.

La furia se apoderó de Mateo. Ya no le importaba ser educado. Agarró a la cruel hermanastra por los hombros y la empujó violentamente hacia un lado. Sofía chocó contra la pared y cayó al suelo quejándose.

Mateo rompió el viejo candado de la puerta de una patada, abrió la puerta y bajó corriendo las oscuras escaleras del sótano.

Al llegar abajo, el olor a humedad y encierro golpeó su rostro. Encendió la linterna de su teléfono celular para iluminar la oscuridad. Lo que vio le rompió el corazón en mil pedazos.

Tirada en el suelo de tierra, arrinconada contra la pared fría, estaba Jazmín. Estaba irreconocible. Su cabello estaba enredado y lleno de polvo, su ropa estaba rota y sucia. Estaba tan delgada y pálida que parecía casi muerta por la falta de comida y agua. Estaba temblando sin control.

—¡Jazmín! ¡Mi amor, por Dios! —gritó Mateo, tirándose de rodillas en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas.

Tiró el teléfono, la abrazó con todas sus fuerzas y levantó su rostro suavemente. Jazmín apenas tenía fuerzas para abrir los ojos. Al ver el rostro de Mateo iluminado por la linterna, una lágrima corrió por su mejilla sucia de tierra.

—Mateo… viniste —susurró Jazmín, con la voz tan débil que apenas se escuchaba—. Sabía que no me ibas a abandonar. Me estoy muriendo, Mateo.

—No, no digas eso. No te vas a morir. Estoy aquí, ya te encontré. Te voy a sacar de este infierno y te juro por mi vida que esa mujer va a pagar con sangre lo que te hizo —lloraba Mateo, quitándose la chaqueta para abrigarla, intentando darle un poco de calor.

Mateo pasó un brazo por debajo de la espalda de Jazmín y el otro por debajo de sus rodillas, dispuesto a cargarla y sacarla de allí para llevarla directo al hospital.

Pero cuando apenas se estaba poniendo de pie, un ruido lo hizo girar la cabeza.

En la parte alta de las escaleras estaba Raquel. La malvada madrastra había escuchado el grito de su hija Sofía y bajó corriendo. Llevaba en sus manos un grueso bate de béisbol de metal que había tomado del cuarto de limpieza. Sus ojos estaban inyectados en sangre, llenos de pura maldad y desesperación porque su plan perfecto estaba a punto de ser descubierto.

—¡De aquí no sale nadie vivo! —gritó Raquel con todas sus fuerzas.

Mateo intentó proteger a Jazmín con su propio cuerpo, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Raquel bajó las escaleras de un salto y golpeó brutalmente la cabeza de Mateo con el bate de metal. El golpe seco resonó en el sótano oscuro.

Mateo soltó a Jazmín con cuidado para no lastimarla, mientras él perdía el equilibrio. Su vista se nubló, sintió un dolor insoportable y cayó pesadamente al suelo de tierra, quedando completamente inconsciente. Jazmín soltó un grito de terror y se arrastró hacia el cuerpo de su amado, llorando desconsoladamente.

Raquel soltó el bate al suelo. Estaba respirando agitadamente. Miró a los dos jóvenes tirados en la suciedad. Sintió una inmensa victoria. Había eliminado la única amenaza que tenía. Se acercó a la cámara, rompiendo la cuarta pared, miró fijamente hacia el frente, como si pudiera ver a los ojos a la audiencia que escuchaba esta historia, y con una sonrisa asquerosa llena de burla, dijo:

—Ustedes que me están escuchando, no pongan esa cara de sorpresa. Seguro pensaron que este era un cuento de hadas donde el príncipe guapo siempre rescata a la princesa. Pues en la vida real, los buenos no siempre ganan. El dinero es lo único que importa. Yo me voy a quedar con toda la fortuna de esta familia, y estos dos idiotas se van a quedar enterrados aquí en la oscuridad, para siempre. Así de simple.

Raquel soltó una carcajada malvada, se dio la vuelta rápidamente y comenzó a subir las escaleras, dispuesta a cerrar la puerta con llave y dejar que ambos murieran allí abajo.

Pero la sonrisa de triunfo de Raquel no le duró ni cinco segundos.

Justo cuando estaba a punto de llegar al último escalón, la luz principal de la cocina se encendió de golpe, iluminando todo el pasillo. Raquel se detuvo en seco, sintiendo que el corazón se le detenía.

Frente a la puerta del sótano, empapado por la lluvia y con el rostro desfigurado por la más profunda furia y decepción, estaba Don Ernesto.

A su lado, estaban cuatro oficiales de policía fuertemente armados, y detrás de ellos, Sofía y Paola ya estaban esposadas, llorando de terror.

El abogado sí había logrado contactar a Ernesto. Al escuchar la desesperación de Mateo por teléfono, Ernesto sintió que algo andaba muy mal y tomó el primer vuelo privado de regreso a casa esa misma noche, cancelando el negocio más importante de su vida porque nada valía más que su hija.

—Ernesto… mi amor… no es lo que parece —tartamudeó Raquel, poniéndose más pálida que un papel, temblando de los pies a la cabeza.

—¡Cállate, maldita víbora asquerosa! —rugió Ernesto con una voz tan poderosa que hizo temblar las paredes.

Los policías no esperaron ni una orden más. Bajaron las escaleras, agarraron a Raquel con brutalidad, la tiraron contra la pared y le pusieron las esposas apretándolas con fuerza, ignorando sus gritos y sus lloriqueos de cobarde.

Ernesto bajó corriendo las escaleras hasta el fondo del sótano. Al ver a su hermosa hija tirada en la tierra, al borde de la muerte, y al valiente joven inconsciente que arriesgó su vida para salvarla, el empresario rompió a llorar como un niño.

—Perdóname, mi niña. Perdóname por dejarte con este monstruo —lloraba Ernesto, abrazando a Jazmín, mientras los paramédicos bajaban con camillas para rescatarlos a ambos.

Esa misma noche, todo el imperio de mentiras de Raquel se derrumbó. Ella y sus dos crueles hijas fueron arrestadas y llevadas a la cárcel. Durante el juicio, salieron a la luz todas las pruebas de fraude, intento de homicidio y secuestro agravado. Las tres mujeres ambiciosas fueron condenadas a pasar más de treinta años en una prisión de máxima seguridad, donde nunca más volverían a ver un bolso de diseñador, rodeadas de la misma oscuridad y encierro al que condenaron a la pobre Jazmín.

Mateo pasó varios días en el hospital recuperándose del fuerte golpe, con Jazmín a su lado en todo momento. La joven heredera también recuperó su salud y su belleza gracias a los cuidados médicos y al amor incondicional de su padre y de Mateo.

Don Ernesto, agradecido infinitamente con el joven arquitecto que le salvó la vida a su hija, lo integró a la familia con los brazos abiertos. Aprendió de la manera más dolorosa que el amor verdadero no se encuentra en mujeres superficiales e interesadas que solo buscan lujos, sino en las personas leales que están dispuestas a dar su propia vida por proteger a quienes aman. Jazmín y Mateo finalmente se casaron, viviendo rodeados de paz, amor verdadero y, sobre todo, justicia.


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